22 junio 2009

Somos humo y sombras...




La condición de hombre resulta tan insignificante, porque antes, cuando se era niño, con la laboriosa paciencia de los árboles alcanzaba unos centímetros de más,corría en la persecución de nadie, los días eran espaciosos, las distancias eran largas y el mundo era gigantesco e incomprensible. Pero, cuando se es ya un hombre, las cosas marchan mal, uno se sujeta al afán de ya no ser feliz; porque se tienen recuerdos, porque se desea y no se tiene, por vanidad, por orgullo, por auto-conmiseración, por sé es falible…

Y en este lado oculto que en el fondo a todos nos duele, despedimos al niño que se contentaba con lo que ahora llamamos insulso, despojamos al placer infantil para suplirlo con un mecanismo extraño que pretende asemejar complejidad y redunda en lo mezquino, y a veces animal. Ignoramos las simplezas que abrumaban nuestra atención largas horas, olvidamos la agradable sensación de pisotear un charco, garabatear una hoja y hacerlo con la seriedad con la que trabaja un artista, sujetar la mano de nuestro acompañante y permitir que su bondad nos lleve por el camino mientras andamos por la calle distraídos, paladear el edulcorado sabor de una golosina y morderla a pedacitos para evitar que llegue su fin. Y en estos actos inocentes, revelamos sabiduría oculta que en el curso de los años se hará táctil, revvelamos ser niños ancianos, ancianos niños…

Y el mortal cronometro que llevamos tatuado a espaldas sigue girando, sin detener la aguja que nos empuja cada día un poco más al umbral de la muerte.