Miro la aguja del reloj que sangrante goteaba la ultima esencia de un largo día…
Tembló.
Ya en otros meses había experimentado achaques difíciles de explicar por la rareza de sus manifestaciones: espasmos cardiacos, salteamiento prolongado de venas y arterias, temblores repentinos, nauseas prolongadas… todos estos signos, al marcar filosas las agujas del reloj.
Con el rabo del ojo diviso apenas la hora causa del enorme empacho – las 11:11-.
El minuto que marcaba la hora funesta, perduraba eterno, el tiempo pisaba dentro demoliendo sus entrañas. Enloquecido volcó su desesperación sobre la imagen, lanzo un objeto sobre el cristal del reloj y cayó de rodillas contra el piso. El avanzar de las agujas retumbaba por la habitación con un poder de mil pasos, cubrió sus oídos pero el latido marchaba al compás de su angustia, el latido era él, el reloj el mismo. Con los puños cerrados golpeo al aire y grito hasta quedarse ronco… -nunca dura suficiente- se repitió, consolándose para abatir el horror.
De frente a su cruel oráculo, desfilaron recuerdos que para revelarse intactos le exigieron lagrimas, sintió un tirón que lo mantuvo convulsó sobre el piso, la soledad se asomo de entre los estantes y vino a atarlo con su cruel soga, le clavo en la garganta un profundo silencio y lo dejo indefenso, inmóvil sobre el piso. La desesperación cerró ansiosa las ventanas, la angustia encendió las lámparas, y la piedad vino a sentarse junto a su cuerpo fatigado, juntas oraron invocando el nombre de aquella que largamente había extiendo su implacable brazo, dando señales compasivas al valiente. Y la muerte clemente finalmente apareció, cerrando sus labios con un cálido beso, al momento justo en que el reloj cambiaba de hora.