El suelo comenzó a teñirse con ese empalagoso velo de agua que corre a toda prisa en reclamo a cada espacio de la caprichosa ciudad.
Los nubarrones parchaban de formas indecisas el cielo, un cielo roto, enorme y dolorido que gemía en medio de luminosos destellos. El centelleo de un relámpago ilumino los rostros de los extraños que se arremolinaban bajo el techado de una vieja tienda, la lluvia caía con perfecta inclinación, y al hacerlo producía un pesado sonido que adormecía los oídos, que adormecía el corazón. Galina miro a su alrededor; siempre que echaba la mirada atrás y buscaba entre los rostros desconocidos se originaba en su vientre una oquedad enorme, será porque esperaba reconocer a alguien, o que alguien la mirase con ojos de ayer y con ello fuera incapaz de recordarla; aquel pensamiento creció como pequeña angustia hasta hacerse insoportable, miro de soslayo a su alrededor y se agazapo entre la gente para abrirse brecha, salió a tirones, aun llovía…
-Es fantástico mirar que mientras llueve el paisaje no es el mismo la gente corre, se agrupa, se resguarda como si la lluvia fuera a despintar sus caras como si la lluvia quemara sus cuerpos como si no desearan que la lluvia enjugara sus dolores, como si la lluvia… mientras las aceras beben desesperadas, renacen la piedra brilla y se oscurece todo adquiere un nuevo color, nada, nada vuelve a ser igual - se dijo este torpe dialogo mientras cruzaba la calle, sostuvo las palmas de sus manos mirando hacia el cielo esperando que la lluvia limpiase las caricias que no podían dar.
Había algo extraño en su caminar era lento pesado pendulante pero indolente, ella no tenía conciencia de ello; no tenia a nadie quien pudiera observarla y corregirla, este andar era ya su sello involuntario. Al mirarla por la calle con esa ausencia requerida hacía pensar en una mujer que lleva una pesada carga, una mujer embarazada… Galina era una mujer cargada de recuerdos, llena de memoria.
Bajo la lluvia las lágrimas no existen son inútiles se funden en el mismo declinar, caen mojan los labios y mueren a pies de nadie. Ella lo sabía, y sin embargo aquella tarde no podía evitar ser nada, caer con la lluvia escurrirse mojar la acera, ser rio en un cristal, perla al viento que se rompe en mil pedazos. No había un espacio en su piel que se apeara a la sequedad, esta mujer de lluvia se iba regando por las calles iba alimentando las pilastras, salpicando soledades enjugando las angustias. Aquel día sin más ceso el cielo, ella yacía hecha charco junto al andén, una tarde como todas, una tarde que llovía, solo una tarde.