Mendaz, aquel quien califico a la narración fantástica, por quien se hizo el mito de que el cuento es una realidad que nace en la mente del escritor. Cierto es que lo fantástico existe, a los apasionados por la letras nos encanta tomar esta forma bajo la piel del cuento o la novela, pero el vocablo “fantástico” no tilda al cuento con sentido sentencioso a la irrealidad, a lo ficticio, pues en la mente del autor, (como decía Sartre) es imposible escribir una novela sin colocar un espejo ante la hoja; en ocasiones, nos sentamos a leer recuerdos del autor, a enjuagar viejas penas, es cuando el mito se quiebra, la afirmación de que estamos ante el peso de una memoria bellamente escrita, nos sustrae a lo fantástico, esa puerta que cruza ambas realidades, ¿Quién no sintió leyendo una novela que el héroe en cuestión era el autor encarnado?
Una tarde nada especial, la lectora que siempre fui sin más sintió la ardentía de franquear el envés de la hoja. Entonces y de manera nada profesional me convertí en ese personaje nebuloso y lejano que llamamos autor. Ahora sé que de las memorias de un loco o un desequilibrado, es capaz de gestarse la más descarada mentira, una mentira hipócrita nunca superada por ingenio tan poderoso como para concebirla sin un destello de realidad. Encontraras en el relato los más fieles deseos, los más íntimos pensamientos que desnudan al alma, el anhelo al rojo vivo de una herida, de la herida del autor, y su anhelo de pensar que lo que en las letras clama hubiese pasado algún día en verdad. Aunque fuese solo en un sueño. Ahora sé que no se trata de un cuento si no de una memoria, un recuerdo mal disfrazado, un relato personal ataviado por el resplandor que nunca abrazo por lo ordinario de una vida cotidiana.
Tal es el caso de mis historias, estimado lector, procura entonces mediar tu paso para no penetrar al lúgubre escenario que de las letras y tu imaginación se creen de mí. Pues conocer a un escritor supone a menudo la destrucción de la ilusión que sus obras han creado.
Cuando retiras el velo que cubre el altar de tu ídolo, descubres a un viejo quejumbroso, a un pedante, a un tiralevitas, a un insolente snob, o en el mejor de los casos a un ordinario mortal. Como regla general es sensato alejarse de los escritores que nos divierten o deleitan con sus obras, pues una vez los conoces dejan de deleitarte para siempre.
Por ello solo respira, reza, canta sus obras, y no atravieses nunca esa membrana imaginaria que de sus obras a su persona has creado. Pues conocer íntimamente a menudo supone la fractura del dios, te lo dice alguien quien de avanzada ha padecido la muerte de un ídolo.