
Habia transcurrido tiempo antes de que volviera a sentirme así... y es que la vida aprieta bastante, aprieta lo justo para que cuando estés al paso de la asfixia seas capaz de sacar fuerza para inhalar con el último aliento que te sobra, una brizna de aire, un miseria de viento... y, cuando tus pulmones y tu pecho han quedado lastimados, resecos y marchitos, por un resquicio en tu garganta se escapa una palabra, un consuelo. Entonces lo cotidiano adquiere significancia, y halagas a la vida la dura marca de su hierro, la bendita caricia de quien con lágrimas te regala lo eterno.